Leyendas de Talbania: “El perro sabio”

Aquellos cuatro militares-titiriteros, aquella banda soldadesca mal vestida y peor hablada llegó hasta las inmediaciones del pueblecillo, subieron una suave y larga cuesta flanqueada de casas enjalbegadas y llegaron hasta la plaza principal donde se ubica la parroquia, la cual les sorprendió por su gran tamaño, era un edificio muy grande para aquella pequeña aldea perdida en mitad de la campiña cordobesa, pensaron. En la misma plaza, abierta y clara, también había una buena casa de pósitos y lo que más le llamó la atención; un mesón… ya el olor de viandas y del generoso vino de la tierra llegaba hasta sus narices. Un poco más abajo de la plaza pudieron ver una torre o pequeño castillo de planta cuadrada. Caminaban hacia Montilla acompañados de su “perro artista” y el hambre y la sed de vino les animó a llegar a aquel pueblecito blanco, a aquella aldea brillante de cal que parecía llamarles desde arriba del cerro. Sabían que ya les faltaba poco para llegar a Montilla pero pensaron que podrían ganar algunas monedas en aquel lugar, reponer fuerzas y partir después hasta la ciudad del Gran Capitán. “¡¡Acérquense señores y señoras, ancianos y niños!!, hoy y en la plaza de este bonito pueblo de Montalván podrán ver al maravilloso y sin par Perro Sabio!!”, a grito pelado y mientras redoblaba su tambor, uno de los soldados-titiriteros comenzó a pregonar el espectáculo que en breve podrían observar las gentes de la aldea, los cuales miraban con extrañeza y con algo de desconfianza a aquellos forasteros. Los primeros en acercarse a la carrera fueron un remolino de niños y niñas, rubios o trigueños de ojos claros la mayoría de ellos, después gente de todas las edades, al fin, un nutrido grupo de personas se juntó alrededor de aquellas gentes, de aquellos titiriteros que habían venido de fuera y que se disponían a hacer su espectáculo ambulante en el que, al parecer, el artista principal era un can de raza alana que los acompañaba. “Véanlo vuestras mercedes hacer corvetas como caballo napolitano, allez hop!!… ¡ahora girar y andar a la redonda como mula de tahona, allez hop!, el Perro Sabio señores, por sólo cuatro maravedíes”. La gente hizo un corro alrededor de soldados y perro y aplaudía alegremente con cada pirueta o truco que hacía el dócil animal. Después le colocaron al perro una especie de pequeña silla de montar en la que había un pelele a modo de jinete con una pequeña lanza, colocaron dos palos y un cordel y de éste colgaron una sortija, a la voz del titiritero el perro cabalgó con su liviano jinete y ensartó a la primera el anillo con la lanza a la par que el gentío en la plaza daba un grito de exclamación y todos aplaudían entre risas con gran alborozo. “Vuestras mercedes lo han visto, el Perro Sabio, sólo cuatro maravedíes les costará ver este prodigio sin igual en toda Castilla, colaboren con estos soldados de su Majestad que bien pronto pudieran tener que marchar para Italia o para Flandes”. Las monedas volaban hacia los sombreros de plumas con cada truco que realizaba el “perro sabio” y al cabo de no mucho rato tuvieron suficiente para hartarse de comer y beber en aquel mesón de la plaza del pueblo, a donde se dirigieron concluido el espectáculo perruno. Ellos dentro en alegre jolgorio, el can fuera bien amarrado a la puerta del mesón…, los niños se le acercaban y le decían con admiración: ¡“perro sabio” toma otra corteza de tocino! y el fiel animal meneaba el rabo amigablemente mientras roía un trozo de hueso de carnero que le habían traído de un matadero que había cercano a la plaza. En esto que ya salían los soldados del mesón, saciada hambre y sed, cuando un anciano del pueblo se acercó al animal y acariciándole cariñosamente la frente le dijo: “amigo, realmente si que eres un perro sabio tú…, sólo te falta hablar”, a lo que el soldado del tambor respondió con guasa: “¡¡y lo hará amigo, lo hará jajajaja, cualquier día jajajaja!!, ¡vamos Berganza! (que así se llamaba el animal), perrito bueno, termina tu hueso por el camino que hemos de llegar a Montilla antes de que la luna salga por el horizonte”. Y bajando la cuesta por aquella calle ancha y luminosa, entre las blancas casitas del pueblo,… se perdieron en la lejanía.

 

 

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